El día que me encontré con Amy

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Música /

Amy sigue viva. Amy existe. Hoy volví a verla. No, no es un sarcasmo, ni una metáfora. Amy nunca se fue. Amy quería vivir, nunca quiso irse, y por eso no desapareció. Sigue bebiendo vodka en su apartamento de Camden, se sigue colocando, drogando, acariciando la muerte, pero más real que nunca.

Ella siempre suele aparecer cuando más la necesito, y solo en ocasiones muy particulares. Desde hace algo más de una semana no estaba pasando una buena racha. Esta vez, me desperté temprano un lunes, habiendo dormido apenas cinco horas, y quizás todo ello influyó en su visita. El tema es que, ya desde el momento en que me dispuse en dirección a la universidad, presentía que aquel día no sería uno cualquiera. Al salir de casa, Tears Dry On Their Own ya sonaba por mi cabeza. Ni siquiera llevaba los auriculares puestos, no me hacía falta. Esa canción no necesita ser reproducida por ningún aparato electrónico para que Amy venga a verme.

Amy consigue que sepa lo que siente sin que me hable, y ella también es consciente de ello. A su vez, las dos nos compenetramos, y casi entonamos al unísono. Lo que ocurre es que hoy, no fue una de esas veces. Hoy respondió todas mis preguntas. Me abrió los ojos y me sopló las retinas. Me dejó aturdida unos segundos, pero enseguida pude volver a enfocarla. Solo supe empezar a compartir con ella mis dudas e inseguridades, pero Amy me calló rápidamente y me detuvo. Sin más dilación, y con frialdad, me respondió con un fragmento de una de sus canciones:

“Todo lo que alguna vez puedo ser para ti
es la oscuridad que los dos conocíamos.
Y ese arrepentimiento es al que me he acostumbrado.
Alguna vez esto fue tan sincero,
cuando estábamos en el mejor momento.
Esperando por ti en el hotel de noche,
sabía que no había encontrado a mi pareja,

pero cada momento que podíamos, lo robábamos.
No sé por qué estoy tan atada,
es mi responsabilidad,
y tú no me debes nada,
pero no tengo la capacidad de alejarme.

Él se marcha,
el sol se oculta.
Se lleva el día, pero ya soy madura.
Y en tu camino, y en esta triste sombra
mis lágrimas se secan por sí solas.”

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Así funciona. No te dice lo que quieres oír, pero sí cómo es necesario que lo escuches para que de una vez caces todos esos pájaros que te revuelan alrededor de la cabeza, los metas en una jaula empujando bien hasta el fondo y, cerrando rápido la puerta para que no se escapen, por fin quedan apresados y fuera de tu camino. Amy no vacila ni se tambalea. Es firme y me transmite su seguridad. Entonces, es con esta seguridad cuando consigo quitarme las gafas de sol que me habían estado cegando, ya que todo sigue nublado y sin claridad. De esta forma, comencé a percibir algo más de luminosidad, un primer paso, que sin meta fija aún, me dirige a un lugar mejor cuanto menos.

Sin embargo, si algo no es Amy, es madre. No adoctrina, no da lecciones, no enseña. No canta sus canciones, te relata su música y tú aprendes con ella (o no). No deja de recordarme a mi profesor de autoescuela, que aunque yo ya supiera cuándo poner el intermitente o cambiar la marcha, seguía como una mosca en la oreja repitiéndome cada paso, algo que llegaba a irritarme. Después, tenía algún error y me daba cuenta de que aún no había mecanizado todo cómo lo creía, me había confiado. Por lo que, al igual que en ese momento agradecía al profesor su empeño, lo mismo experimento con ella. Se suceden los capítulos de mi vida tal y cómo ella ya lo había relatado, un esto me suena permanente. Me siento tan profundamente identificada que, aunque escuchando sus canciones me pareciera que ya llegaba a irritarme que repitiera lo mismo, ahora lo agradezco. Además, me alivia, me calma, me templa. Amy me conoce, y yo a ella.

Después de esto, ¿dirías que alguien que sigue resolviendo mis dudas evitándome la angustia, acompañándome a vivir desempañando los cristales de mi retrovisor, ha muerto? No, lo que ocurre es que todo ello lleva a la extenuación, y ella solo descansa.


D.E.P Amy Winehouse (1983 – 2011).