El Francotirador, entre los fuegos de la crítica y de la polémica

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Clint Eastwood, californiano y republicano, vaquero de culto en Por un puñado de dólares, director desde 1971 con Play Misty For Me, estrenará el 20 de febrero en España su obra número 34, American Sniper (titulada aquí como El Francotirador) basada en el libro homónimo que cuenta el relato de su protagonista, Chris Kyle, el francotirador con más muertes confirmadas en la historia de los Estados Unidos. La película ha sido fuertemente criticada en cuanto a su carácter marcadamente patriótico y, sobre todo, propagandístico, al reflejar una postura claramente proamericana en el conflicto bélico de Irak. Se la ha acusado de no respetar la verdad, de posicionamiento ideológico, de vendernos al Navy Seal americano como un gran héroe que nunca cometió un error en 160 disparos letales.

Probablemente, se pueda acusar a la obra de Clint Eastwood de todo eso, pero conviene que nos detengamos a valorar la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo y el carácter de su director para comprender el film como se merece y quedarnos con lo que verdaderamente puede aportarnos esta historia. Lo primero que cabe recordar es que Clint Eastwood fue crítico con la guerra de Irak en su momento y, lo segundo y más importante, que cuando se va al Cine la conciencia tiene que estar preparada de antemano para ver Cine, no un documental. A un documental se le puede y se le debe exigir el máximo acercamiento a toda la objetividad y toda la fidelidad posible a la realidad; no se puede hacer lo mismo con una película, en la que influyen muchos más factores.

Creo que algunos no tienen claro este concepto de “basado en” del que hacen gala, para bien o para mal, muchas películas. Chris Kyle quizá no contó toda la verdad en su libro, o quizá “maquilló” ciertos momentos y situaciones, y si Eastwood se aprovecha de ello para crear un producto emocionalmente más satisfactorio e incluso inventa y potencia muchas otras situaciones, bienvenidas sean. Es extraño que, a estas alturas, alguien salga de la sala alabando el papel del ejército estadounidense en Irak o deseando convertirse en un verdadero Castigador tras haber visto El Francotirador; sí es así, quizá habría que replantearse el nivel de la cultura cinéfila en nuestro país, o incluso de la cultura en general. Quizá no era por ello comercial mantener el título original de la cinta.

Toda película bélica creada en Hollywood es “digna” de ser considerada un panfleto propagandístico si no excavamos en sus entrañas ni somos capaces de mirar un poco más allá. Desde luego, El Francotirador es todo lo que han dicho de ella, pero también es mucho más. Quizá otras películas le ganen el pulso en su lucha por algunos Oscar a los que está nominada, como los de Mejor Actor (Bradley Cooper) o Mejor Película, pero lo que está claro es que ha supuesto un auténtico boom en Estados Unidos, un éxito incuestionable que arrojan las cifras: cerca de 300 millones de dólares recaudados la han convertido en el mayor éxito en cuanto a cine bélico en Estados Unidos y el mejor estreno en un mes de enero en toda la historia cinéfila del país.

Buen cine a pesar de la polémica

La película es técnicamente muy correcta y mantiene un pulso muy agradable entre las partes de acción, divididas en cuatro despliegues del ejército, y las partes que muestran la vida privada de Kyle junto a su mujer, que vive como una equilibrista en el alambre, esperando siempre que su marido vuelva con vida en cada ocasión para quedarse definitivamente a su lado mientras se hace cargo de cuidar ella sola a sus hijos. Eastwood consigue un buen dramatismo de lo que supone el “sentido del deber” de Chris Kyle en oposición con todo lo que ama y aún mejor del agravamiento psicológico que sufre tras volver de la guerra en cada ocasión y del estrés postraumático que finalmente pudo (o no) sufrir el protagonista.

La ambientación del conflicto, a pesar de las “escenas inventadas” o de que nos posicione emocionalmente adscritos al bando norteamericano, es notable, muy satisfactoria, consiguiendo una tensión que nos sumerge en la pantalla hasta que ya no hay pantalla. Los primeros planos de Bradley Cooper, la tensión en la respiración antes de realizar un disparo y la banda sonora que rodea los escenarios de conflicto merecen sin duda ver lo último de Clint Eastwood, aunque sólo sea para valorar de una forma justa sus dotes como director. Eastwood ha vuelto, en este sentido, a lo grande.

Las actuaciones son muy correctas, destacando de forma evidente el papel de Bradley Cooper, que tuvo que ganar hasta 30 kilos de peso en poco tiempo (se nota, y mucho) para dar vida a su personaje de forma fiel. Quizá, a la tercera, va la vencida, tras otras dos nominaciones por papeles interesantes en El lado bueno de las cosas (2012) y La gran estafa americana (2013)  a la dirección, en ambas ocasiones, de David O. Rosell. Desde luego, no será porque el actor no pone empeño. En El Francotirador, Eastwood consigue lo mejor de él. Es estremecedora la representación del estrés postraumático del que antes hacía mención, por muy bien y por mucho que se haya hecho en otras películas del género.

Hay un aspecto absurdo y burdo de la película que, no obstante, lo mismo es motivo suficiente para apearla del Oscar, aparte de que tenga duros rivales: la utilización de bebés de plástico. Demasiado evidente como para no contarlo, ya que las dos o tres escenas en las que aparecen son excesivamente “cantosas” y es inevitable echarse unas risas y preguntarse a quién se lo ocurrió la genial idea o qué tipo de problema o fobia tiene Eastwood con los bebés de carne y hueso. No puedo evitar recordar ni dejar de mencionar una escena en la que Chris Kyle, o Bradley Cooper, le mueve la manita al muñeco con una mano para, supongo, otorgarle “algo de vida” a tal aberración de hijo.

En resumen, puedo decir que no salí descontento del preestreno de El Francotirador (americano), película que incluso me atrevo a recomendar. Quizá el problema para ir a ver este tipo de películas esté en la predisposición con que lo hagamos y en el cine que llevemos a nuestras espaldas; quizá esté en entender mínimamente cómo funciona la industria del cine o quizá sólo sea una cuestión de filosofía. Desde luego, la psicología del militar es el aspecto más destacado de la película y el que más reflexión debería aportarnos al final de la misma.

¿Merece la pena que tus seres más queridos sufran porque estás “defendiendo a tu país”? ¿Qué implica verdaderamente esa defensa? Son cuestiones que, si prestamos atención, están en el fondo del film. Y más allá de estos aspectos, cabe preguntarse si es ético y moral que se haya considerado a Chris Kyle en Estados Unidos como una “leyenda” cuando, al fin y al cabo, estamos hablando de muerte y de sufrimiento. De la guerra. Esa, sin embargo, es otra cuestión que no debe limitar el punto de vista de un director que crea cine libremente, como tampoco limita el nuestro. Yo, al menos, no he sentido que me hayan lavado el cerebro tras un buen rato de cine.