Nuestro último verano en Escocia

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Andy Hamilton y Guy Jekin –en su primera experiencia cinematográfica- nos ofrecen un filme que despoja de prejuicios al espectador, anima a prestar atención al contenido antes de opinar y ofrece alguna que otra lección de vida desde el punto de vista de tres pequeños que roban el protagonismo al resto de adultos en escena.

Cuando a uno le presentan una película de título vulgar como “Nuestro último verano en Escocia”“What we did on our holiday” en su versión original, ya sabemos la costumbre tan española de traducir títulos a nuestro antojo- que tanto suena a película familiar simplona, uno no se imagina en absoluto lo que se va a encontrar. Si desde luego intentaron mejorarlo con el cartel, no lo consiguieron puesto que parece sacada de cualquier película cómica de la que sabes que habrá segunda y tercera parte y que no irás a ver ninguna de las tres.

Pero todo cambia cuando quitamos el envoltorio cutre al regalo y nos encontramos una sorprendente y nada menospreciable comedia. La película nos presenta a dos padres en mitad de una crisis con pretensiones de separaciónDoug (David Tennant) y Abi (Rosamund Pike) y sus tres resabiados pequeños que tendrán que lidiar con la situación de una reunión familiar por el cumpleaños del abuelo paterno diagnosticado de cáncer. El empeño en no mostrar la verdadera situación por la que la familia atraviesa desencadenará divertidas situaciones, algunas dramáticas que aun así rozarán lo hilarante y ofrecerá la visión más simple de la vida guiada por los pequeños protagonistas.

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Parte racional vs parte creativa

Encontramos tres roles bien diferenciados entre los hijos. La hermana mayor lleva la carga de la parte racional de la familia. Sus intentos de ser franca y clara con el resto no gustan a los demás miembros a los que ella tacha de hipócritas. El hijo mediano aporta la parte menos emocional y más sencilla. Concreto y algo redicho, aportará el lado científico de la situación. Y por último la hija menor que sería la que aporta el punto espontáneo, creativo y sincero pero a su vez algo pícaro. Jugará con los demás miembros de la familia a su antojo. Estos roles de los pequeños son los que aportan el parecido con la oscarizada “Pequeña Miss Sunshine” de la que es muy difícil no acordarse durante toda la película.

El argumento nos muestra las diferentes acepciones de la sinceridad y la hipocresía que tiene uno según va pasando la edad desde la infancia hasta la madurez, el tránsito de los conflictos emocionales y la sencillez que tiene todo en la infancia y se recupera de nuevo en los últimos años de la vida. Lanza un mensaje de aceptación hacia los demás, de buscar el aspecto más puro que todos tenemos, quizás el mensaje peca de ser lanzado de una manera poco elegante y más bien desgastada hacia el final de la película cuando deja de ser original y se convierte en algo más bien manido de final feliz. Pese a ello no debemos menospreciar el nivel del guión rápido, ágil, con muy buenos giros y toques tragicómicos y en ocasiones un humor negro que no deja indiferente.

Por último resaltar la preciosa fotografía de la película aunque es cierto que resulta complicado realizarla mal cuando el escenario de fondo es Escocia que se presta a todo con sus espectaculares paisajes. En un lugar así la banda sonora que corre a cargo del compositor Alex Heffes acompaña para tener un protagonismo esencial durante toda la reunión familiar hasta el final de la película.